sábado, 2 de mayo de 2015

una foto

Seis hombres entran a un bar a tomar algo. Son hombres de campo, agricultores, sin embargo llevan traje y corbata (menos uno, que eligió ponerse un moño). Todos están perfectamente afeitados, y usan sombreros, a pesar de que podemos ver claramente el techo del local, con sus chapas y tirantes de madera.  Incluso vemos una lamparita, aunque pareciera estar apagada, lo que indicaría que estamos en un atardecer de verano, o quizás en un día domingo o festivo.

Toman asiento en una esquina, desde la cual se puede ver un enorme cartel anunciando las grandes fiestas patronales de Camilo Aldao, un pueblo vecino. En la parte superior del cartel, el dato más interesante: estamos en el año 1925. Si nos acercáramos, o le preguntáramos al mozo, nos enteraríamos que el patrono festejado es San José, y su día el 19 de marzo (entonces no estamos en un atardecer de verano).

Piden dos botellas de cerveza y una de vino. De pronto, alguien se acerca, y les pregunta si quieren que les tome una foto. Los hombres asienten, se ajustan los sombreros, y se abren en medialuna, en dirección a la cámara que ya está apoyada sobre la mesa vecina.

De esos seis campesinos conocemos a cinco, que son primos hermanos. Del sexto, que se ubica primero desde la derecha, nada sabemos. Quizás era un amigo, quizás un pariente lejano. O quizás se trata del mismísimo fotógrafo. Nunca lo sabremos: quienes podrían identificarlo ya no están. Pero él, igual, sonríe. A los otros podemos nombrarlos: Guillermo, Santiago, Enrique, Pablo, Santiago. Sí, hay dos Santiago. La repetición de nombres es un signo en toda familia piamontesa, donde los hijos reciben los nombres de los abuelos (el primer hijo varón, el del abuelo paterno; el segundo, el del abuelo materno; y lo mismo con las mujeres). Para evitar confusiones, los primos agregaban a su firma el apellido de la madre. También había cierta dualidad con la versión italiana de los nombres, ellos fueron parte de la primera generación nacida en América, por lo que el lazo era aún bastante fuerte, y Santiago podía sustituirse por Yaco o Giacomo sin que a nadie le llamase la atención.

Uno de esos hombres, Pablo, será mi bisabuelo. Pero aún no lo sabe. Tiene unos veintiocho años, y ni siquiera está casado. Es el único que no mira a la cámara: su mirada se pierde en uno de los laterales, como mostrando cierta indiferencia. En su mano izquierda, un cigarrillo. En la derecha, oculta tras una botella, no podemos ver si tiene una copa de vino o un vaso de cerveza.

Es probable que estén festejando algo. Tal vez Pablo les está contando que conoció a una mujer muy hermosa, de una familia un tanto extraña: el padre es un suizo-italiano anarquista y anticlerical, que ni siquiera bautizó a su hija, y que jamás se quita el sombrero ni las manos de los bolsillos cuando pasean a la virgen en procesión. En el pueblo eso es un escándalo, pero en el campo cada familia forma su pequeña república independiente, donde cada uno es libre de actuar como le da la gana.

Una vez sacada la foto, todo vuelve a la normalidad: se cierra el semicírculo y las sillas vuelven a rodear por completo la mesa; el mozo pasa a buscar las botellas vacías, y pregunta si quieren que les traiga otra de vino. Dicen que sí, que claro. Guillermo se quita el sombrero, uno de los Santiago se afloja la corbata. Otro (no podemos ver quién, la imagen se enturbia) se pregunta qué será de ellos dentro de cien años, si habrá algún bisnieto o tataranieto mirando esa foto y recordándoles, intuyendo sus alegrías y sus tristezas.

Antes de volver a sus hogares, ese otro que no podemos identificar, que son los seis y no es ninguno, levanta la copa y dice brindemos, brindemos porque nuestras historias no se pierdan nunca, porque podamos dejar una marca de nuestra existencia en este mundo, y así, de alguna manera, vivir para siempre. Los otros lo miran y piensan que quizás se excedieron con la última botella de vino, pero igual se ponen de pie, entre infantiles y melancólicos, y dicen bueno, dale, salud.


De izquierda a derecha: Guillermo Galliano, Santiago Galliano, Enrique Brun, Pablo Galliano, Santiago Brun y ¿?.

3 comentarios:

Carina Galliano dijo...

Me gusta mucho esta foto a mí también.

PEÑA FOLKLÓRICA LOS LANCEROS dijo...

Hola Hugo: tengo una prima cuya madre es de apellido Galeano, su padre fue Miguel Galeano, no tenemos ningún dato fehaciente de su ascendencia, pareciera que son del Piemonte. No sabés si los apellidos Galeano y Galliano, podrían tener un mismo origen y que fueron modificándose con el tiempo y en los juzgados de paz en que se anotaban los nacimientos en nuestra zona? Yo hace años que estoy investigando mi genealogía, con éxito en la parte suiza de habla germana y en la parte italiana de Lombardía he llegado hasta mis bisabuelos, de ambas partes fueron inmigrantes a la colonia Esperanza. Muchas gracias por tu atención. Lydia Musachi- lmusachi@hotmail.com o en el facebook, con mi nombre y apellido.

juliana galliano dijo...

hola yo soy de Camilo Aldao, Córdoba; mi papá (Alfredo Raúl Galliano)hizo el árbol genealógico hasta Galliano Chiafredo (padre de su tatarabuelo)mi mail es juligalliano@hotmail.com que lindo encontrar esta foto =) gracias